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Antes del fin del mundo escribiremos otro

Esa es la frase del poeta

A la memoria de Antonio Calera-Grobet

 

Hace algunos años conocí a Antonio Calera-Grobet. Acudí a su convocatoria para celebrar la vida de una manera ejemplar: poesía y comida. El evento anual era Poesía por Primavera, y, simultáneamente La gran comilona. Aunque gusto poco de leer poesía, y no la escribo, en cambio, como se podrá saber, disfruto mucho, muchísimo de la comida, la comida compartida.

Este llamado público de Antonio fue lo que me llamó la atención. La consigna era clara: llevar comida para comer y compartir con el de al lado. ¿Quién en estos tiempos (y en los que fueran) se atreve a organizar por puro placer una lectura masiva de poesía en plena calle, y, además coordinar una mesa comunitaria para comer y compartir?

Cuando lo saludé por primera vez le dije que me gustaban mucho sus colaboraciones de los diarios, que conocía a América Pacheco, otra gran persona y amiga, que lo seguía en Facebook y que estaba muy entusiasmado por la iniciativa. Me miró con esa mirada suya tan implacable y sentimental, se sonrió y me dio un abrazo. Charlamos brevemente, intercambiamos alguna información y me invitó a instalarme en una de las largas mesas colocadas en la calle de San Jerónimo, justo al lado de la Hostería La Bota, reconocido espacio cultural y culinario de la urbe.

Me presentó a sus hermanos. Entre todos montaron en la larga mesa un mantel y tremenda tabla de quesos, jamones, aceitunas, panes, aceites, sardinas, calamares, embutidos entre muchos otros bocadillos.

Qué más podría necesitar un ser humano para alimentar su alma, corazón y estómago. Sí, eso, compartir palabras y comida.

Así fue, acompañado de mi familia, niños y adultos, nos instalamos con hielera, cajas y bolsas llenas. Sacamos nuestras viandas y las dispusimos junto a la tabla: pollos empalados asados lentamente al carbón preparados en adobo, al mojo de ajo y enchilados, llevamos también arroz, nopales, papas, chicharrón, salsas, quesos y tortillas calientitas. Ah, y cervezas, cervezas heladas. Sin olvidar el delicioso postre de arroz con leche que preparó mi Nancy.

¡Qué gran experiencia callejera y sublime!, ¡qué gran idea llevada a la práctica por un hombre, un poeta como loco y generoso! El querido y admirado Antonio.

Aquella tarde pasó sabrosísima, entre el vaivén de gente y comensales que llegaban con platillos, entre el delicioso ritmo de los versos y las letras, entre anises y rompopes, entre la música y las charlas amenas con los nuevos y numerosos amigos, diez, veinte, treinta, más. Comunión auténtica. Felicidad. Poetas, dibujantes, barrenderos, pintores, burócratas, policías, modelos, indigentes, artistas, amigos y familia, gente, pura gente en armonía. ¿Habrá algo que cause más regocijo y gozo que eso, convivir entre amigos y familia, preparar, cocinar y compartir los alimentos? No lo creo. Nos despedimos entrada la tarde, nos tomamos alguna foto y quedamos de vernos luego.

Tiempo después regresamos a La Bota, volví a platicar por ratos con Antonio, comentamos de libros y poesía, me habló de su trabajo editorial, de libros y La Chula, (una hermosa Combi amarilla transformada en biblioteca), de autores contemporáneos, y me mostró sus libros. Platiqué demasiado poco con él, muy a mi pesar. Sin embargo, me gusta pensar que, durante esas breves convivencias, durante esos intercambios de miradas y abrazos sinceros nos alcanzamos a reconocer, a identificar.

Repetimos la experiencia de vivir su festival otros años. Lo acompañamos a la presentación de Rambler, en El Covadonga, y hemos vuelto una y otra vez (y lo seguiremos haciendo) a La Bota. Ahí hemos comido y bebido, y en todas las ocasiones la generosidad de Antonio fue de admirarse. Mira que entregarse tanto a su actividad humana y cultural para ofrecer la mejor experiencia para sus amigos y familia, no cualquiera, ni más ni menos que comidas, bebidas y libros.

En paz descanse mi muy estimado Antonio.

 

 

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